Despedida

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Despedida para la compañera que nunca más trabajará con el grupo. En el turno de noche se hacen las cosas de forma un poquito… extrañas. ¿Quién felicita a una enfermera llenándola de povidona yodada de arriba abajo, mojándola entera con agua fría o tirándole un bote entero de colonia en el cabello completamente empapado? Lo peor, que lo hagan lanzándote botellas de laxante…
Es más, ¿quién felicita a alguien cuando se pierde un trabajo?
Supongo que depende del trabajo que pierdas…
El problema viene después, cuando todo el mundo recibe, cuando todo el mundo acaba pasando por la misma tortura… Al final, todos empapados de la cabeza a los pies, con los pelos pegados y las gargantas plenas de tanto reír. Estamos todos para sacarnos una foto, y poder recordarla años después, con arrugas en la cara y los dedos temblorosos que nos llegarán tarde o después.
Pero, ahora, ha sido simplemente una noche genial.
Dulce experiencia, también, el ser perseguida por pasillos en semipenumbra, con el uniforme lleno de enjuague bucal con sabor a fresa. No puedo correr como antes, el tobillo me impide una agilidad que ahora echo en falta. Hace un rato he resbalado con algo pringoso en el suelo y he acabado hecha un trapo. Mechones de cabello se me pegan a las mejillas, huelen a una mezcla de colonia barata y laxante dulzón. Varias gotas de ese laxante se han quedado perlando la comisura de mis labios, donde antes el gloss los hacía más jugosos. También me moja el sudor. Llevo media hora corriendo de una residencia a otra, recorriendo las salas y el patio, hasta el punto de quedarme a veces sin respiración, sintiendo mi corazón desbocado golpeándome el pecho… mientras me persigues.
También estás empapado. La camiseta se te pega provocativamente al pecho, y en una de las ocasiones en las que me diste un respiro en el patio pude ver cómo se te erizaban los pezones por el aire frío que te rozaba el torso. También sudas, con ese olor almizclado que tan loca vuelve a una mujer… sobre todo cuando la atracción sexual es tan evidente. Llevas también el pantalón manchado de povidona yodada, tus nalgas se tensan bajo la tela blanca manchada de algo más oscuro que podría ser café. Pero por delante…
Por delante se dibuja sutilmente el inicio de una erección.
Entre jadeos, escondida tras un banco, me imagino que con lo apretados que llevas siempre los pantalones debe ser peligroso que la erección se complete, ya que probablemente tu polla no tenga sitio para crecer… a no ser, por supuesto, que la tengas más bien pequeña.
Me buscas en la oscuridad, y te ríes porque sabes que no vas a tardar mucho en encontrarme. Después de todo, no hay demasiados sitios donde ocultarse en este centro, y si encontrara uno sería lo suficientemente bueno como para hacer eso que estás pensando desde hace tanto tiempo.
Lo que llevas tanto deseando.
Pues sí, la erección crece, debe ser que estamos pensando en lo mismo. Y yo siento arder la parte interna de mis muslos, sensación sumamente grata con el frío que azota el patio a las tres de la mañana. Empiezo a temblar, más por la incertidumbre y los nervios que por la temperatura de la madrugada. Hay cosas que sabes inevitables, y probablemente sea imposible escapar de tus redes esta noche. Estás de caza, y yo soy la presa.
Y esta es mi última noche… para ser cazada.
Me descubres al cabo de unos minutos. Te veo acercarte a mí con paso acelerado y al instante te echas a correr. Estoy muy cansada, pero hago lo propio y emprendo la huida en dirección contraria. Entro nuevamente en el centro y recorro más pasillos.
Los compañeros que han abandonado el juego fuman en el patio, beben café y se ríen de las pintas que hemos acabado llevando. Los restos de la cena común quedan en un par de mesas unidas, con una sábana con el logotipo de la empresa a modo de mantel. Tantos recuerdos que me llevaré de este edificio, y de las personas con las que he compartido tantas horas a lo largo de los años…
Y pensando en esto casi ruedo por las escaleras al bajar al sótano, y me doy cuenta de que he cometido un enorme error cuando entro en las salas. Todo está a oscuras y sólo se escuchan mis pisadas, mis jadeos y los crujidos de las puertas al abrir y cerrarse. Salgo al patio y te veo pisándome los talones. Y, bueno, casi ni me da tiempo de volver a entrar, ya que me derribas junto al muro y rodamos los dos por el suelo. Afortunadamente el golpe ha sido más blando para mí que para ti y logro levantarme antes. Me escabullo con dificultad arrastrándome por el forro verde imitación césped, mientras intentas agarrarme la pernera mojada. Y te ríes mientras pataleo para soltarme.
– Si sabes que puedo contigo-, me dices entre resoplidos por el esfuerzo-. Y sabes que no quieres evitarme.
– Eso es lo que tú quieres creer- te respondo-. No me suele gustar acabar empapada de esta forma en el trabajo.
– Sí que te gusta-, terminas diciendo, mientras consigues aferrarme fuertemente para que no me escape de tu lado-.
A mi mente acuden imágenes de las partes que desearía tener mojadas, y las partes con las que me gustaría que me mojaras. Creo que la sonrisa que se dibuja en mi rostro no me ayuda a ponerme en posición de negarte nada.
– Y, además, estás muy dulce así.
Y es cierto, porque me siento completamente pegajosa por el laxante.
– Si me pruebas te entrará cagalera, te lo prometo-. Por más que lucho no consigo que me sueltes, y la pataleta me tiene agotada. Dejo de forcejear y en un momento te tengo encima, sujetándome las manos contra el suelo y mirándome con una sonrisa de plena satisfacción transformando tu cara.
– Ya te he dicho que no puedes conmigo-, me comentas, mientras tu erección sí se hace patente contra mis muslos ahora. Estás deseando follarme y lo más excitante de todo es que no sé si me lo vas a pedir o lo vas a tomar a la fuerza.
Me sueltas, quedando a horcajadas sobre mis caderas, mientras pasas tu camiseta por encima de la cabeza para quitártela. Tu piel está fría y mojada, y tiemblas al sentir el viento rozarte los pezones. Me miras desde arriba, y tu mirada resbala pícaramente hacia mis pechos, cubiertos todavía por la tela del uniforme empapada en enjuague bucal. Pasas los dedos por los botones de la casaca, descuidadamente, y los desvías para rozarme un pecho. Y luego, agarrando con fuerza los dos extremos del uniforme tiras salvajemente de ellos hasta hacerlos saltar, dejando mi torso desnudo al descubierto.
Lástima de botones. Menos mal que era el último día de uso.
– Siempre me ha encantado que no llevaras sujetador-, comentas, sabiéndote en ventaja por posición y fuerza.
Me río suavemente, apartando la cara para dejar de mirar tus ojos llenos de deseo clavados en los míos.
– Ahora habrá que ver si llevo bragas, ¿no?
Ahora eres tú el que sonríes.
Me miras desde la altura que te confiere tu torso, y me colocas las manos bien sujetas bajo tus rodillas. Es extraño que siempre haya sido capaz de defenderme de todos tus ataques, y ahora que me tienes en una posición tan delicada me debato entre la idea de golpearte en la cabeza con las piernas desde atrás o morderte la polla para salir huyendo. ¿Cuál será más útil? No creía ser capaz de llegar cómodamente hasta tu entrepierna, ya que queda a unos buenos treinta centímetros de mi boca, y no sé si lo de lanzarme a la desesperada con las patadas lograría un buen golpe que te dejara fuera de combate durante un rato. Y mientras tengo esa horrible indecisión tú me has tomado la delantera y has desatado el lazo de tus pantalones, liberando tu virilidad enhiesta a escasos centímetros de mi mejilla. Su olor me devuelve a la realidad, me penetra con rotundidad como si lo estuviera haciendo físicamente en esos momentos.
– Ahora me la vas a comer como si hiciera años que no pruebas una. Te la vas a meter tan dentro en la boca que me voy a correr de tres embestidas.
– ¿Estás loco?-. Miro a izquierda y derecha, buscando sombras escondidas que puedan ayudarme… o descubrirnos-. ¿Has olvidado que estamos trabajando? ¡Se va a enterar todo el mundo, por el amor de Dios!
Intento zafarme pero sólo consigo que resbales aún más cerca de mi boca. Tu glande me roza la piel. Está caliente y húmedo, y parece latir todo él como si sólo corriera sangre sin control en su interior. Lo agarras con la mano derecha y mueves el prepucio hacia delante y atrás un par de veces.
– Nadie va a bajar aquí, y menos las miedosas que hay en la residencia.
Me acercas la polla a la mejilla nuevamente y me acaricias con ella hasta el inicio del cuello, calentando esa parte de piel que vas dejando atrás.
– Pero nos pueden ver desde arriba. Se nos tiene que escuchar sin problemas.
Me miras con cierto recelo ladeando la cabeza, y en tu comisura se dibuja una media sonrisa que me estremece por lo que conlleva implícita. Me golpeas la mejilla nuevamente con el glande, muy cerca de la boca, y observas la mirada de perplejidad que te lanzo desde debajo de tu polla. Tengo la boca entreabierta. Respiro con dificultad ya que me comprimes la caja torácica con casi todo tu peso. Y observas mi lengua. Húmeda, cálida y suave la intuyes, y te reprimes en el último momento de metérmela con rudeza y forzar más la situación, impedirme aún más la respiración presionando mi paladar con tu miembro pulsante y viril. Con la mano izquierda me sujetas fuertemente el pelo, y recolocas mi cuello a tu antojo, y te imaginas girándome y penetrándome allí mismo, sin soltar mis cabellos, dominando con una mano posesiva mi nalga mientras entras en mí con absoluta necesidad.
Hundirte y perderte en mí…
– De acuerdo-, me concedes, levantándote con un movimiento rápido y arrastrándome a mí contigo-. Ahí dentro no nos encontrarán.
Y señalas el interior de una sala oscura y fría, donde las colchonetas de los usuarios te invitan a poseerme de forma más íntima y cómoda. Mis pechos están aplastados contra tu torso desnudo y sudoroso, y tu polla me presiona fuertemente el vientre con sus cálidos latidos. No me has soltado los cabellos, por lo que aprovechas para acercar mi boca a la tuya y respirar el mismo aliento que yo exhalo.
Y me besas.
Brusco, apasionado, completamente enfebrecido por el contacto íntimo y por lo que está a punto de suceder. Saboreas mis labios, me robas la lengua y la envuelves con la tuya, se entrechocan los dientes y me mordisqueas sin tregua. Un beso largo y posesivo, hasta que tengo que sujetarme a ti para no perder el equilibrio y rodar nuevamente por el suelo.
– Esto no te hace falta-, me dices, despegando tus labios con dificultad. Y tiras de la cinta de mi pantalón dejando la zona púbica al aire en cuestión de segundos-. Después de todo si llevas bragas-, comentas, observando los topitos negros sobre fondo blanco del encaje.
Lo divertido es verte trastabillar con los pantalones a la altura de los tobillos, cuando te empujo hacia atrás. Andas tan concentrado en otras cosas que no pretendías mantener la verticalidad precisamente. Caes de espaldas sobre una colchoneta y yo corro hacia las escaleras, buscando la algarabía que se escucha en la planta superior. Por el camino, cerca ya de la zona de recepción, encuentro un carrito con sábanas y envuelvo el cuerpo con una de ellas. Te siento corriendo a mi espalda, pero casi he llegado al patio principal y allí no te atreverás a tocarme.
O eso creo…
Mis compañeras se ríen al verme llegar con aquella pinta. Me ofrecen café y un sitio en uno de los bancos. Les digo que necesito una ducha para quitarme el mejunje del pelo y parecer una enfermera respetable.
Pero todas saben que de respetable tengo más bien poco.
La última noche, y podía haber acabado mucho mejor de lo que se planteaba. Pero sexo, al fin y al cabo, se puede tener siempre que una quiera o la dejen, y las noches en buena compañía tienen tendencia a terminarse al alba, cuando los usuarios despiertan y todos volvemos a la rutina para dejar el fuerte protegido por el siguiente relevo.
Voy a echar mucho de menos estas noches.
A la salida del turno, cuando el común de los mortales entra a trabajar y, como diría un amigo, nosotros nos despedimos de la lucha contra las fuerzas del mal, tengo otra pinta tras la ducha. Ropa de calle en vez del pijama blanco completamente manchado, que he dejado para lavandería por si alguien quiere utilizarlo cuando esté limpio. El cabello cepillado y recogido en una alta cola de caballo, y mis sempiternos tacones de aguja. Mis compañeras me abrazan y se despiden, sabiendo que ahora la lucha contra las fuerzas del mal les toca a ellas. Mi turno ha terminado, y toca empezar a vivir de día.
Al fondo del aparcamiento, junto a tu coche, te encuentro. Me miras, receloso y enfadado. No estoy segura de que vayas a perdonarme con facilidad.
Bueno… tal vez sí.
– Sube-, te ordeno, con media sonrisa-. Creo que te debo un último café.
Y es que siempre es mejor una cómoda cama, follando a la luz del día para poder vernos bien las caras, en vez de usar una simple colchoneta, que probablemente habría crujido más de la cuenta con cada una de tus embestidas.
Y quería escucharte gemir, y no centrarme en otros ruidos.
Esta es mi forma de despedirme de todas y cada una de las personas que me han aguantado durante tantas noches, y tantos días. Chic@s, os debo la última. En cuanto pueda os invito a algo…
… porque las noches pueden seguir sirviéndonos para algo más que para vestir de blanco.
Mil besos y hasta siempre, compis.

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